La ley de Bronce de los Salarios,
también conocida como ley de hierro de los sueldos, fue enunciada por David
Ricardo allá en la segunda década del siglo XIX, indica que los salarios de la
fuerza de trabajo tienden siempre a reducirse hasta el mínimo suficiente y
necesario para garantizar su supervivencia.
En otras palabras, esta despiadada ley condena al proletariado a una vida más bien
mísera, por el simple hecho de que
existía la creencia de que si los salarios se mantenían a un nivel superior al
de subsistencia, las masas proletarias empezarían a tener más hijos, aumentaría
la oferta de mano de obra y con ello se reduciría su precio, su nivel de salarios,
lo cual los ponía en la misma situación de como si nunca hubiese existido un
aumento del salario. No cabe la seguridad de sí esa fue o no la causa real de
tal ley, lo único seguro fue que tal excusa hizo recaer la culpabilidad en las
clases bajas sobre el hecho de que esta ley fuera aprobada, ellos y su fetichismo por
la reproducción que en ese tiempo no era tan controlada.
El mismo David Ricardo había
enunciado la ley de los rendimientos decrecientes, es decir, existe en todo
crecimiento empresarial un nivel que si se sobrepasa sus beneficios empiezan a
disminuir.
Sin embargo la tendencia de las
empresas es a crecer indefinidamente en busca de beneficios cada vez mayores.
Basta con leer los resultados empresariales para ver que su obsesión es ir
aumentando cada año los beneficios en relación con el año anterior.
Mientras existió el patrón oro para
el dinero, la ley de hierro de los salarios se manifestaba en toda su crudeza;
los asalariados se veían forzados a trabajar cada vez por un jornal menor.
Pero luego se decidió a abandonar
el patrón oro y la ley de hierro quedó camuflada, oculta, por ese fenómeno de
la inflación controlada. Los salarios reales disminuían, pero los salarios
nominales aumentaban eso provocaba un cierto espejismo de que todo iba viento
en popa. Al menos nominalmente, los empresarios cada vez obtenían más plusvalía
de las rentas de sus trabajadores y estos creían que sus sueldos aumentaban
cada año un poco más. La economía en general pasaba por un intenso período de
euforia y de vez en cuando la burbuja de
la confianza ilimitada se venía abajo provocando breves derrumbes económicos que provocaban leves reajustes y luego se
desataba de nuevo la euforia de todos.
No hacía falta que el proletariado
incrementara su prole para que hubiera exceso de oferta de mano de obra; el recurso ahora era
mucho más rápido y sencillo: se cierran los grifos del crédito, con ello se
lleva a la ruina a un buen puñado de empresas prescindibles que despiden a sus
empleados aumentando el número de parados hasta los niveles deseados para que
se tenga que aceptar cualquier trabajo a cualquier nivel de salario.

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