miércoles, 18 de febrero de 2015

Ley de bronce

La ley de Bronce de los Salarios, también conocida como ley de hierro de los sueldos, fue enunciada por David Ricardo allá en la segunda década del siglo XIX, indica que los salarios de la fuerza de trabajo tienden siempre a reducirse hasta el mínimo suficiente y necesario para garantizar su supervivencia.

En otras palabras,  esta despiadada ley  condena al proletariado a una vida más bien mísera, por el simple hecho de  que existía la creencia de que si los salarios se mantenían a un nivel superior al de subsistencia, las masas proletarias empezarían a tener más hijos, aumentaría la oferta de mano de obra y con ello se reduciría su precio, su nivel de salarios, lo cual los ponía en la misma situación de como si nunca hubiese existido un aumento del salario. No cabe la seguridad de sí esa fue o no la causa real de tal ley, lo único seguro fue que tal excusa hizo recaer la culpabilidad en las clases bajas sobre el hecho de que esta ley fuera aprobada, ellos y su fetichismo por la reproducción que en ese tiempo no era tan controlada.
El mismo David Ricardo había enunciado la ley de los rendimientos decrecientes, es decir, existe en todo crecimiento empresarial un nivel que si se sobrepasa sus beneficios empiezan a disminuir.
Sin embargo la tendencia de las empresas es a crecer indefinidamente en busca de beneficios cada vez mayores. Basta con leer los resultados empresariales para ver que su obsesión es ir aumentando cada año los beneficios en relación con el año anterior.
Mientras existió el patrón oro para el dinero, la ley de hierro de los salarios se manifestaba en toda su crudeza; los asalariados se veían forzados a trabajar cada vez por un jornal menor.
Pero luego se decidió a abandonar el patrón oro y la ley de hierro quedó camuflada, oculta, por ese fenómeno de la inflación controlada. Los salarios reales disminuían, pero los salarios nominales aumentaban eso provocaba un cierto espejismo de que todo iba viento en popa. Al menos nominalmente, los empresarios cada vez obtenían más plusvalía de las rentas de sus trabajadores y estos creían que sus sueldos aumentaban cada año un poco más. La economía en general pasaba por un intenso período de euforia y  de vez en cuando la burbuja de la confianza ilimitada se venía abajo provocando  breves derrumbes económicos  que provocaban leves reajustes y luego se desataba de nuevo la euforia de todos.
No hacía falta que el proletariado incrementara su prole para que hubiera exceso de  oferta de mano de obra; el recurso ahora era mucho más rápido y sencillo: se cierran los grifos del crédito, con ello se lleva a la ruina a un buen puñado de empresas prescindibles que despiden a sus empleados aumentando el número de parados hasta los niveles deseados para que se tenga que aceptar cualquier trabajo a cualquier nivel de salario.



No hay comentarios:

Publicar un comentario